La emoción y la fortuna

Por Mariano Moreno Santa Rosa

 

Creo que tenía nueve años de edad cuando una noche de septiembre mis padres me despertaron para ver el Grito. Tan rápido me sacaron de mi duermevela infantil que pensé que se andaba incendiando la casa. En la televisión había un señor de bigote muy alto, con la bandera entre las manos. Yo apenas abría los ojos y ya se veía que ese señor iba a traer pura desilusión. Había que mantenerse parado mientras se oía el himno nacional, cosa que pensé que solo ocurría en los honores a la bandera, como cada mañana de lunes en la escuela.

Estábamos acostumbrados a las rechiflas, a las consignas de ¡asesino! que se daban bajo la lluvia, a los rayos láser verdes agitados sobre la frente del mandatario. De alguna manera el ritual se basaba en ver en el balcón al presidente a quien no votaste pero cuya presencia había que soportar por aquello de la investidura. El titular del gobierno no importaba porque para el pueblo todos eran casi igual de despreciables. Lo fundamental era festejar la Independencia de México del dominio español. Aún así no faltaban las mentadas de madre, que solamente eran silenciadas por los vivas y por la entonación del himno nacional.

Algo cambió este 15 de septiembre. Porras en vez de vituperios, el coro del sí se pudo que reemplazó las rechiflas y los abucheos. Gente que esperó horas de pie en el Zócalo para ver durante unos minutos a un presidente al que sí respetan, al que consideran uno de los suyos. Gente que esperó toda su vida para ver a ese presidente dar ese grito. El anhelo cumplido que tardó pero llegó.

La familia del presidente en el balcón ya no fue el adorno anhelante de la monarquía, el retrato de la Corte Real de Palacio que hubo en otros tiempos. El vestido de la esposa del presidente ya no llamó la atención por su elevado precio. El tema de la noche no fue la frivolidad de los poderosos sino la emoción de los que siempre perdían. Fue un grito de Independencia que gustó hasta a los detractores más feroces de López Obrador. La mejor ceremonia de Independencia que yo he visto, dijo Diego Fernández de Cevallos en Milenio Televisión, sobria, seria y republicana.

Me quedo con la emoción que generaron los vivas de Andrés Manuel. Una emoción que nos dio también orgullo; un sentido de pertenencia a un lugar en el que nos tocó nacer por puro azar. Para mí, el mejor viva fue hacia los héroes anónimos, el reconocimiento hacia todas las personas cuyos nombres no cupieron en los libros de Historia. Eso lo supo Nellie Campobello al escribir su libro Cartucho, compuesto de relatos sobre la Revolución Mexicana en el norte del país, cuyos protagonistas no los grandes héroes de bronce sino las personas comunes, los fusilados, el chofer del señor importante, las curanderas, la milicia sin nombre, los aparentemente insignificantes, los que suelen llenar el Zócalo siguiendo una causa.

Hace unos días López Obrador dijo durante una de sus conferencias de prensa, citando a Maquiavelo, que la política es virtud y fortuna y que su gobierno ha tenido fortuna y suerte. Mañana será otro día y el futuro vendrá con sus tragedias, su barbarie de siempre, pero en estas fechas patrias yo sí he visto a la gente, citando al clásico, feliz, feliz, feliz.