El periodista, Ignacio Carvajal escribe de la vida bondadosa y generosa del empresario piñero, Ángel Avendaño, quien el pasado fin de semana fue asesinado en la comunidad “Los Tigres”

Por Ignacio Carvajal

Municipiosur.com
Esto no es un adiós, amigo Ángel Avendaño, Don Kelo; vives en el corazón de cientos de personas. Un día te voy invitar a mi pueblo, allá se comen los mejores tamales de la zona, unos chanchamitos y unas chancletas que te chupas los dedos. Durante horas escuché a ese hombre regordete, de ojos grandes y voz gutural defender la gastronomía de su amado pueblo, Los Tigres, enclavado en el corazón de la zona piñera del sur de Veracruz. Pasada la fecha prometida, ese hombre de pronto se apareció en una Tacoma Blanca, en un rancho en donde nos encontrábamos trabajando, no con uno, sino con mil tamales, 100 litros de jugo de piña y otros cien chiles rellenos. En menos de un santiamén armó todo un banquete de los más sabrosos bocados que la gastronomía veracruzana pueda demostrar. “Me llamo Ángel, pero todos me dicen Kelo, dicen que de niño yo decía mucho esa palabra, y se me fue quedando el apodo. Hasta mi mamá me dice así”. La primera vez que le vi, con sus ojos grandotes y su voz gutural, sentí la buena vibra de esa persona. Aunque era evidente su bonanza económica, siempre se comportó humilde e interesado en buscar amistad con las personas con las que se iba encontrando. Su vida estaba asentada en tres ejes, el trabajo, agasajar a sus amigos con los mejores platillos y bebida, y su familia. El hombre que fue asesinado cobardemente el pasado sábado a las afueras de su juguera, en Los Tigres, muy poco decía groserías. Era raro escucharle una mala palabra entre sus labios. Todo el tiempo quería estar en el campo, bajo esos solazos en los piñales a más de 40 incluso 45 grados en sensación térmica, en la parte trasera de su Tacoma, decía, siempre traía la cura, varias botellas de jugo de piña que él mismo elaboraba o docenas y docenas de latas de Ultra bien frías. Alguna vez le presenté a unos periodistas que venían de Xalapa a conocer el proceso básico del cultivo de la piña, y como todo un maestro en economía, explicó cada una de las etapas de esta fruta, desde la siembra, la recolección de las semillas, su cuidado, la aplicación de la sombra, de los químicos, y de lo laborioso que era cuidarla y llevarla al mercado. “Se tiene una mala idea de que ser piñero es ser millonario, y no, esto es como todo producto del campo en México, tenemos mucha competencia y muy poca capacitación”, le contaba Kelo a los reporteros que escuchaban atentos los detalles de algo que muchas veces pasamos por alto. Solo compramos la fruta y no tenemos idea de lo que hay detrás de todo. Kelo generaba muchas fuentes de empleo tanto en Veracruz y en Nayarit, estado en donde igual tenía las puertas abiertas porque era derecho haciendo negocios. Pero en Los Tigres les daba mucho empleo a mujeres, quienes iban a sus campos a estibar la fruta dentro de los camiones que enviaba a las principales ciudades del país. Ellas se ganaban un buen salario, en menos de 6 horas, tiempo estimado, a lo mucho, en que se cortaba y cargaba la fruta para un camión. Era muy consentidor con los hombres también, sabía de sus mañas y debilidades, que por las tardes, a veces agarraban la borrachera y era muy trabajoso ir a cortar piña bajo el sol con la resaca, en su camioneta traía cubos de 20 litros que llenaba de agua potable y les echaba grandes pedazos de hielo los cuales los “crudos” recibían como bendiciones al momento de encontrarse en esos infernales campos, cortándose la piel con las hojas de la piña, sufriendo el karma de la borrachera. También le daba mucho empleo a personas de la sierra, de las regiones más pobres del sur de Veracruz viajaban hasta Los Tigres para emplearse con él una semana o dos en el corte, pues sabían que había buena paga y el patrón era bueno cuidándolos. Podía pasar horas y horas sobrevolando su drone, como un niño con juguete nuevo, trazando los surcos en donde iba plantar sus matas de piña. Aprendió a hacer videos y se especializó ampliamente en hacer producciones pequeñas para el campo. Uno de sus últimos proyectos, el cual ya tenía al 95 por ciento, era montar una pequeña juguera para las épocas malas de la piña, pues sabedor del negocio, sabía que mientras la fruta bajaba incluso a cinco y dos pesos la pieza, el jugo siempre se mantiene al mismo precio. Se hizo de las marmitas, de la tubería, de los implementos y de todo lo necesario para pasteurizar sus productos y lo había logrado. Un día me preguntó si le podía ayudar con el nombre de la marca y la etiqueta para sus jugos, quería que llevaran su nombre, pero también, los elementos de su amado pueblo, dos tigres a los lados. Le contesté que me parecía una buena idea, quedamos en que le llevaría hasta su pueblo a una persona para que lo entrevistara y le hiciera el estudio de mercado necesario para ajustar su etiqueta. Él me iba a llevar a cazar conejos en los campos de Los Tigres justo cuando regresara de hacer negocios con la piña en Nayarit. Ahora Kelo se ha ido, y me llega a la memoria que una vez me dijo que algún día debía fotografiar una cabañita ubicada en medio de un piñal en la entrada de su pueblo, era un paisaje celestial, los fértiles piñales rodeando la construcción llena de nostalgia, coronada por un cielo al óleo que a primera vista traen a la memoria las estrofas del clásico de Ramón Ayala, “Bonita Finca de Adobe”. Adiós, amigo, ya no fuimos a los conejos, pero me diste la idea de una de las mejores fotos que he tomado en mi vida, siempre que la vea, no dejaré de pensar en ti y tu gran imaginación para ver y amar todo lo del pueblo. Hasta pronto.

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