Arturo Reyes Isidoro
PROSA APRISA
Pasaron mil 191 días (tres años y tres meses) desde que se decretó oficialmente la pandemia de Covid-19, durante los cuales murieron más de 6.9 millones de personas (los especialistas creen que fueron 20 millones) y se contabilizaron 765 millones de diagnósticos, hasta el pasado viernes 5 de mayo cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció el fin de la emergencia sanitaria internacional.
El director general de la OMS Tedros Adhanom Ghebreyesus declaró: “La covid ha cambiado el mundo y nos ha cambiado”. Definitivamente sí.
Terminó la emergencia pero la amenaza continúa, todavía hay miles de personas infectadas que luchan por sus vidas en unidades de cuidados intensivos y muchas que padecen los efectos que les dejó el virus. Me cuento entre los millones que sobrevivimos.
Con mi eterno agradecimiento a todo el personal que nos ayudó a salvar nuestras vidas, reproduzco la primera de las tres columnas que publiqué (25.07.21) cuando salí del hospital. Si bien me refiero al Centro de Alta Especialidad (CAE) de Xalapa, hago extensivo el reconocimiento a todos quienes estuvieron en la primera línea de batalla en todos los hospitales públicos.
“La batalla en el CAE contra el Covid-19, para salvar vidas (I)
Ocho días en la cama 06, en la sala 2 (de tres que hay, según me informé) de enfermos o pacientes con Covid-19, en el Centro de Alta Especialidad (CAE) ‘Dr. Rafael Lucio’, en Xalapa, me hicieron vivir una experiencia inolvidable y ser testigo directo del muy alto nivel de atención y de preparación del personal del sistema de salud pública de Veracruz para enfrentar la pandemia del siglo.
En el octavo día de mi internamiento, cuando una joven médica me anunció por la mañana que ya me iría a mi casa más tarde, creo que al ver mi reacción de sorpresa, de grata sorpresa, me preguntó, ¿o qué, ya no se quiere ir? Pues como que ya me está gustando estar aquí, le respondí con la más ligera sonrisa que las fuerzas me permitían.
Es cierto, no es como para querer quedarse a vivir en la cama de un hospital, casi inmovilizado, pero si uno se mentaliza, acepta de la mejor forma su situación de enfermo, confía totalmente en el personal médico y facilita las cosas colaborando con ellos, no la pasa nada mal. Me sorprendí, estuve y estoy sorprendido por todo lo que vi.
Había transitado con el Covid-19, desde los primeros síntomas, siete días ya, sin problemas para respirar, pero, de pronto, el oxímetro bajó a 86 mi nivel de saturación de oxígeno en los pulmones. Ya con el virus había estado en 92 y más, pero por fin se presentaba lo que todos temen: que bajara de 90.
El joven médico Édgar X. González Juan (excelente, confiable), especialista para atender a los pacientes con infecciones respiratorias, con síntomas o con el virus en el módulo médico del Sistema de Atención Integral a la Salud de la Universidad Veracruzana (SAISUV), me mandó entonces a hacerme análisis, estudios y radiografías.
Mi familia ya no lo pensó más: mejor vete al CEM (el ahora Centro de Alta Especialidad se llamaba antes Centro de Especialidades Médicas), que ahí te atiendan, que ahí te los hagan y vigilen para que no se vaya a complicar tu situación. Estuve de acuerdo, aunque no me gustaba la idea de quedarme internado, no sabía yo por cuánto tiempo.
Desde mi llegada al área de urgencias, la atención fue inmediata. Tan pronto les informé de mi enfermedad y tomaron todos mis datos personales, un médico me dijo que tendría que quedarme algunos días internado, y en pocos minutos estaba ya acostado, con mi bata de enfermo, en una camilla del área de llegada, en observación.
No pasó mucho tiempo para que me llevaran a la sala 2, y ahí viví la experiencia que me faltaba en mi vida, una experiencia que seguramente nadie quiere vivir: no solo padecer también la epidemia del siglo, como miles en el mundo, sino ver, conocer desde dentro cómo se está combatiendo.
Una vez que me encamaron y casi me inmovilizaron (me pasé ocho días en posición decúbito supino, una posición anatómica del cuerpo humano caracterizada por estar acostado boca arriba, con mirada dirigida al cénit, en este caso a una lámpara de luz blanca) actualicé una vieja sentencia de la vieja escuela de periodismo en la que me formé: donde hay un reportero hay una noticia.
Me dije que no era la mejor ocasión para hacer la comparación, pero me recordó los casinos de Las Vegas, donde cuando se entra, adentro no pasa la luz del día y siempre hay luz artificial, lo que hace que se pierda la noción del tiempo del modo que los jugadores o los apostadores siguen y siguen.
En el área de atención a enfermos de Covid-19 del CAE, pasa lo mismo. Una vez que se cierra la hermética puerta detrás de uno, la luz blanca de las lámparas será permanente. Conforme pasan las horas, los días, poco a poco se va perdiendo idea del tiempo afuera y uno calcula qué hora debe ser solo por la llegada, siempre puntual y hasta en forma anticipada, de los alimentos, del desayuno, de la comida y de la cena.
Desayuno, comida y cena adecuados y hasta abundantes para los pacientes, calculada y supervisada por nutriólogos, otros componentes más de todo el equipo de atención médica, equipo que es una verdadera bendición de Dios”.
Como en mi caso, millones no nos hubiéramos salvado sin estos héroes anónimos. Nunca habrá tiempo suficiente para acabar de reconocer su entrega, su dedicación, su sacrificio, Dios los bendiga siempre.
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