Felipe García Hernández
Municipiosur.com
El reloj marcaba las 12:00 horas cuando un hombre que cargaba una carretilla repleta de cocos, se detuvo a las afueras de la comandancia de la Policía Municipal este jueves 30 de enero.
Moreno, de camisa azul, pantalón del mismo color y botas negras de hule, pero que además reflejaba cansancio y tristeza en su rostro, dió a todos una lección.
Y es que el calor intenso que se sintió, orilló a quien esto escribe, también a policías y demás compañeros periodistas, así como a personas que transitaban en esos momentos, nos acercaramos a él.
El propósito era comprarle un coco de 10 o 15 pesos, por ello, mientras pelaba uno por uno, el semblante le cambió y comenzó a sonreír, al mismo tiempo que miraba al cielo y agradecía a Dios nuestro señor.
En sus manos tenía heridas sin sanar, su trato con todos era amable, pero al momento de cobrar pudimos percatarnos de que no traía dinero, ni un solo peso para dar cambio, fue ahí, cuando reveló como había comenzado su día.
Quienes estuvimos presentes pudimos escuchar de viva voz y con atención, que desde muy temprano se despertó con la finalidad de llevar el sustento a su hogar.
Él mismo nos contó que no tenía nada que comer, tampoco su familia en este día, sin embargo, al salir al patio volteó su mirada hacia unas matas de coco que tiene y sin pensarlo comenzó a subirse para cortarlos y bajarlos a como fuera posible.
La necesidad y desesperación era tan grande que lo único que quería era venderlos todos, una vez cargada la carretilla, dijo que salió de su humilde vivienda ubicada en la colonia Agraria.
Sin embargo, solo avanzó unos cuantos metros cuando de pronto, comentó que sus ojos vieron cuando unas personas cruelmente abandonaron a varios cachorritos sobre su calle.
Lo anterior, lo llenó de coraje y rabia, pero a su vez lo motivo al grado de sentirse entusiasmado, puesto que ahora, no solo llevaría de comer a su familia, sino tambien a esos perritos los cuales finalmente recogió y les dió un techo.
Bien dicen que Dios aprieta pero no ahorca, y ésta noble acción le fue recompensada en tan poco tiempo con toda la venta de sus deliciosos y refrescantes cocos.
Por último y tras haber quedado vacía la carretilla, ésta persona quien se reservó su nombre, muy contento se despidió y se dirigió a comprar sus sagrados alimentos, así como la de sus buenos amigos los cachorritos.