La flor más grande del mundo tiene un olor a cadáver

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Esta flor parásita, que se parece a un champiñón gigante, tiene una vida de unos cuatro a cinco días antes de marchitarse. Tiene cinco pétalos rojizos, ninguna hoja, pesa más de 10 kilogramos y es cuatro centímetros más grande que la que se encontró en la misma planta hospedadora en 2017. Aina S. Erice, autora de El Libro de las plantas olvidadas (Ariel, Grupo Planeta, 2019) y bióloga especializada en el reino vegetal, explica que esta talla descomunal se debe a la salud de la planta de la que se aprovecha, que suele ser del género Tetrastigma, una especie que crece solo en bosques del sureste asiático. La planta no produce clorofila y roba los recursos de la otra planta, mediante una transferencia de su material genético, para desarrollarse. “Formar una flor de este tamaño es muy costoso. Desconozco si existe un límite, pero sé que en un momento cambiaría demasiado la existencia de la planta y ya no será viable”, comenta.

La científica precisa que estos órganos solitarios se forman en ambientes “extremadamente diversos”, en ecosistemas de selvas todavía inexplorados en comparación con las zonas del Mediterráneo. Otra de las curiosidades que cuenta Erice es que descienden de la familia de las flores de Pascua, que son pequeñas y rojas. “Es una línea evolutiva impresionante con un desvío brutal y creo, además, que es uno de los ejemplos de gigantismo más extremos en el reino vegetal”, confiesa.

Las 39 flores de la especie Rafflesia tienen una historia que se remonta a los siglos XVIII y XIX y se divide en dos caminos que hicieron avanzar la ciencia en paralelo: el viaje de Louis Auguste Deschamps, un botánico francés miembro de una expedición científica a Asia y el Pacífico en 1797 y el descubrimiento de los británicos Joseph Arnold y sir Stamford Raffles, en 1818

Con información de: El País