Captura y liberación

Por Mariano Moreno Santa Rosa

Llevaban cinco meses siguiendo sus pasos. Estados Unidos, no conforme con tener en una jaula al padre, también exigía al hijo. El equipo táctico aguardaba, impaciente, por la orden de cateo. Revisaron el entorno, sintiendo el sosiego típico de los fraccionamientos privados. Diferente a los operativos contra El Chapo, efectuados siempre con el amparo de la madrugada, acá el día era soleado y había gente caminando por las calles.

Los elementos ven la casa con impotencia. Ahí, tan cerca, tan accesible, se encuentra su objetivo. Pero la orden de cateo no llega, carajo. Aguanten, ya casi. Rodean el domicilio, confiados de la eficacia del perímetro que establecieron. Alguien repasa el plan en su mente. Una vez en su poder, el traslado de Ovidio Guzmán López al aeropuerto no tardaría más de veinticinco minutos. Después un helicóptero se lo llevaría a la capital. Misión cumplida.

Olvidaron que en Culiacán nadie pasa desapercibido, menos si van a la caza del patrón.

Los soldados que aguardaban en otros puntos de la ciudad comienzan a ser atacados. Se reporta movilización de camionetas con armamento pesado colocado en sus bateas. Los sicarios comienzan a interceptar autobuses y a punta de metralleta bajan a los pasajeros. Inician los bloqueos. Se oyen los primeros disparos. Ráfagas incesantes de metralleta contra los elementos militares.

El equipo táctico sigue afuera de la casa de Ovidio Guzmán, oyendo los enfrentamientos a la distancia. Deciden ingresar solamente al estacionamiento, dado que la orden de cateo nunca llegó. Se colocan contra la pared, esperando que alguien salga de una puerta a la que tienen rodeada. Las fuerzas especiales apuntan allí sus armas. Notan la presencia de alguien y gritan hey hey hey, ¡sal! Una voz desde el interior les dice que no hay gente armada. ¡Sal, Ovidio! ¡Salte! Una mujer es la primera en asomarse. ¡Todos tranquilos! ¡Muestren las manos! Ovidio Guzmán aparece. Delgado, con un largo escapulario en el cuello y una gorra negra similar a las que usaba su padre en la libertad. El joven capo alza las manos. Sale de la puerta y se quita la gorra. Le preguntan si trae armas y él responde que no. Otros muchachos salen de la puerta con los brazos en alto. Son sometidos sin violencia. El hijo del Chapo Guzmán está de rodillas contra una pared. Dile a tu gente que pare todo, le ordena uno de los soldados. Ovidio, háblale a tu gente. La mujer discute con los elementos, les dice que hay niños en la casa. No se preocupe, le responden, no somos delincuentes.

Ovidio se pone de pie y habla por teléfono con su hermano Iván Archivaldo. La gorra negra vuelve a estar en su cabeza. Los militares le insisten en que ordene la retirada de sus soldados, que para ese momento ya tienen a Culiacán en llamas. Ya paren todo, oigan, ya paren todo, ya me entregué, ya paren todo, por favor, ya tranquilos, ya ni modo. El alboroto entre captores y capturados prosigue. Ya no quiero que haya desmadres, pide Ovidio en el celular. El ruido de los balazos se intensifica en las calles. ¡Páralo, Ovidio! Es de suponer que la respuesta de su hermano fue algo similar a un Ni madres.

Al mismo tiempo, un convoy de hombres armados entra a una unidad habitacional militar. Apenas bajan de sus camionetas y disparan contra los edificios del complejo. También lanzan granadas que por impericia, error de fábrica o milagro, nunca alcanzan a explotar. Los sicarios entran a los departamentos buscando posibles rehenes. Es tal su prisa que no se detienen a revisar debajo de las camas, dentro de los armarios, donde los escondidos intentan contener el silencio. En otro punto, otra caravana de camionetas del ejército es emboscada en plena calle. El blindaje de los vehículos no alcanza para cubrir a todos y se resguardan como pueden, respondiendo el fuego. Un disparo de rifle Barrett se escucha en el aire y le desprende la pierna a un soldado.

Pasan las horas y Ovidio Guzmán sigue detenido en su propia casa, pero ahora es el equipo táctico quien se encuentra rodeado. Desconocen las decisiones que se están tomando muy lejos de ahí. Hay intentos del cártel de sobornar a uno de los comandantes del operativo con tres millones de dólares. Las propuestas son rechazadas.

El país sigue en tiempo real las imágenes de camiones incendiados, balaceras en las avenidas, fuga masiva de reos, las columnas de humo, la ausencia del Estado en Culiacán.

A las 19:49 llega una orden desde el más alto nivel: Cancelen todo el operativo. Dejen que se vaya.