El Príncipe Triste

Mariano Moreno Santa Rosa

Me dijeron que era primo de mi abuelo. Yo me preguntaba por qué si éramos familia nunca lo había conocido personalmente. Las canciones me las sabía de memoria, aún sin sentirlas en lo más hondo, aún sin identificarme con el fracaso exaltado en sus letras y en su canto. En la casa había fotos de mis abuelos, de mis tíos, de mi madre, todos ellos posando con el gran cantante. Algunos compañeros presumían su linaje español. Otros se jactaban de sus viajes al extranjero, de su colección de juguetes. Yo, cuando la oportunidad lo ameritaba, solía ostentar lo importante: ser pariente lejano de José José.

No faltaron anécdotas familiares sobre el Príncipe. Relatos que, a pesar de ser escuchados mil y un veces, nunca aburrían. Un día de 1973 se celebraba en Coatzacoalcos el cumpleaños de Silvita Santa Rosa, hermana mayor de mi madre. En eso, igual que el galante Johnny Fontaine arribando a la boda de Connie Corleone en El Padrino, José José llegó a la fiesta ante la emoción y el fervor de todos los asistentes. “Era como si Luis Miguel llegara a tu piñata y se pusiera a cantar”, me decían. Fue un regalo inolvidable para mi tía, que tenía diez años de edad y padecía leucemia. Ese sería su último cumpleaños.

En otra ocasión, en un pueblo con mar después de un concierto, cuando los excesos comenzaban a notarse en la voz del Príncipe triste, mi abuela, con su divertida y característica imprudencia le comentó a José José que durante su recital se le habían salido algunos gallos. Cuentan que él sonrío como queriendo decir ya lo pasado, pasado, o ten piedad de mí, tal vez consiente del inevitable naufragio de su talento. El volcán comenzaba a apagarse.

Pero la historia que más recuerdo sobre José José es también la más oscura. Minutos antes de un concierto mi abuelo abrió sin tocar la puerta del camerino de la estrella. Vio a su primo sentado cabizbajo, en compañía de un amigo, con el antebrazo descubierto y una jeringa incrustándose en él. Mi abuelo armó un escándalo. Casi se va a los golpes contra el amigo. José José tuvo que intervenir: Primo, así es esto, no te metas, no te metas.

El escritor Fabrizio Mejía Madrid definió a Juan Gabriel como el último consenso nacional. Tras la muerte de José José también tuvo que darle ese lugar: a las dos de la mañana todos somos El Triste. No importaban orígenes, ideologías, aficiones, creencias, pecados, visiones sobre el mundo. Apenas se escuchaba el inicio de Preso, el diverso coro de voces se volvía una sola cantando mira si estoy loco si en lugar de huir de ti…te pido ayuda. Como bien lo dijo Luis Felipe Fabre, José José es el boxeador de la desgracia, campeón de la noche, última lágrima de la botella. No lo conocí en persona y tampoco hizo falta. ¿Príncipe de la canción? Su voz era la de un rey.