Son acciones tan cotidianas que los adultos, con nuestra mermada capacidad de asombro, ya no somos capaces de admirar
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Municipiossur.com
Cuando un niño abre un grifo no puede disimular su cara de asombro al ver que sale agua. Lo mismo le ocurre cuando pulsa al interruptor de la luz y la habitación se ilumina. Son acciones tan cotidianas que los adultos, con nuestra mermada capacidad de asombro, ya no somos capaces de admirar. A ojos de un niño son procesos casi mágicos, y a poco que los mayores nos detuviéramos a pensarlo, nos daríamos cuenta de lo extraordinario que hay detrás de muchas de nuestras pequeñas rutinas.
¿Nos hemos parado a pensar qué ocurre cuando llamamos a alguien al móvil? ¿No es realmente sorprendente que nuestro interlocutor, esté donde esté, pueda comunicarse con nosotros en cuestión de segundos? Podría parecer un gran truco de magia, pero detrás de este asombroso hito de las telecomunicaciones hay un complejísimo entramado tecnológico que nos permite viajar con nuestra voz a cualquier punto del planeta en un instante.
Antes de la irrupción del móvil, el proceso de una llamada telefónica era más sencillo, fundamentalmente porque sabíamos dónde estaba el receptor de la llamada: en su casa, en su oficina, siempre junto a un terminal fijo. El prefijo y el número del teléfono nos indicaban hacia dónde había que dirigir la llamada.