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Ernesto Malpica, periodista, nos cuenta como se hacían los periódicos en Coatza

Durante ese trabajo creativo, se escuchaba en toda la noche y madrugada

Por Ernesto Malpica Hernández

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La frase de “échale plomo” se volvió popular en la redacción y los talleres de un periódico que por su elaboración o maquila, en aquel entonces le llamaban sistema caliente, para la época era maravilloso ver cómo de una máquina llamada linotipo se fabricaban barras de plomo con letras, máquina operada por una persona llamada linotipista que escribía en un teclado rudo con letras dibujadas de gran tamaño, mientras que un brazo mecánico jalaba las barras de plomo ya tipiadas… El linotipo funcionaba a través de un motor eléctrico, teniendo en su parte superior derecha un crisol u olla metálica que se calentaba al máximo y se alimentaba con lingotes de plomo que por el intenso calor se derretía hasta quedar un caldo humeante de plomo, que significaba, que ya estaba listo para hacer funcionar el linotipo y comenzar a fabricar las barras con letras, primero a escribir el texto de las notas periodísticas en las llamadas cuartillas, bien a una columna o dos columnas, rara vez se veían textos a tres columnas, posteriormente el linotipista se encargaba de hacer cabezas en las medidas a una, dos o tres columnas, pues las llamadas “chonchas” o de ocho columnas para el encabezado de la portada se realizaban con tipos movibles y esa chamba la ejecutaba el formador cuando armaba las planas en aquellas estructuras metálicas llamadas ramas.
Durante ese trabajo creativo, se escuchaba en toda la noche y madrugada en que duraba el proceso de la elaboración del diario, en este caso Diario de Sotavento, que era el único que reinaba en Coatzacoalcos, el grito del maestro linotipista Jorge Ochoa Valle, a su ayudante ¡échale plomo¡ y cuando decía esto, es porque a la de ya tenía que meterle al crisol u olla metálica los lingotes de plomo o bien el material que se utilizó un día anterior para ser reciclado.
La frase “échale plomo” se hizo popular entre el gremio de periodistas, principalmente con ese gran periodista que fue José I. Escalante, que cuando le debían o se trataba de cooperar para los tacos o el trago, sacaba a relucir la frase de “échale plomo” y con su mano extendida había que echarle plomo, o sea dinero, el caso que esa frase que nació en el taller se divulgaba en las calles del puerto, por quienes trabajaban en ese medio.
Por cierto, mi gran amigo Pepe Escalante, fue uno de los pocos periodistas que desde el linotipo escribía sus notas que él mismo reporteaba, con una redacción impecable, el otro, fue ese también y destacado periodista porteño Fausto Fernández Ponte, por muchos años corresponsal del Excélsior en Washington, corresponsal de guerra, entrevistador de varios jefes de Estado, creador de la columna Asimetrías y a quien tuve la oportunidad de conocer, en mi época de voceador, cuando era yo un adolescente y Fernández Ponte, todavía no saltaba a la fama como gran periodista.
Sí, ahí frente al linotipo en el periódico diario de Sotavento, ubicado en Corregidora, frente a la tortillería “El Globo”, vimos a un hombre de tupida barba, vestido elegantemente con un pantalón de los llamados casimir inglés de color negro, camisa blanca de manga larga y su pipa entre sus labios, como todo un gentleman, manipulando el linotipo, preguntaría luego por ahí quien era ese personaje que en esa ocasión había visto en una de mis llegadas a la redacción del diario de Sotavento, alguien me dijo que se trataba de Fausto Fernández Ponte. Nunca supe que tiempo estuvo trabajando en el periódico de la cadena de los hermanos Grajales, hasta que a través de los años supe ya de su fama.
Hace algunos ayeres, ya trabajando en la redacción del diario Liberal se presentó la oportunidad de conocer al famoso reportero y columnista de Excélsior, en una visita que hizo a ese periódico en donde se publicaba su columna, ahí le comenté como le había conocido, siendo yo un chamaco y se quedó sorprendido por la descripción que le hice, que me saludó efusivamente y me dijo somos colegas. Esa es la historia de “échale plomo, primo”.

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